Casi todo el que visita A Pobra de Trives se marcha con el mismo objeto: una caja plana de cartón atada con cuerda, viajando de vuelta en el asiento del copiloto. Dentro hay una bica, una plancha de bizcocho amarillo y denso bajo una costra de azúcar caramelizado y canela. En la villa viven unas mil doscientas personas. El dulce es aquello por lo que se las conoce, y lo lleva siendo más de un siglo.
Dinero de manteca
Basta leer los ingredientes para notar que algo no cuadra. La bica de Trives se hace con manteca de vaca cocida, azúcar, canela, muchos huevos y harina de trigo tamizada. Estamos en una comarca que vivía de la castaña, el centeno y el ganado, en unas montañas que antes se cerraban en invierno. Las calorías de cada día eran el pan de centeno y la castaña. La harina de trigo y el azúcar blanco había que comprarlos, la canela venía del otro lado del mundo, y la manteca — lo único que Trives producía — había que cocerla y clarificarla para que aguantara la semana en una cocina sin refrigeración. Nunca fue comida corriente. Era un dulce de fiesta, para casas que podían pagar lo que no cultivaban. El pueblo todavía le dedica un día propio, la Festa da Bica, que se celebra el último domingo de julio desde 1972.
El método es tan antiguo como la lista de la compra. Empieza la noche anterior, con un prefermento de harina, agua y levadura que trabaja hasta la mañana siguiente, porque la receta nunca adoptó los impulsores químicos que llegaron a las cocinas españolas en el siglo XX. De ahí que la miga sea cerrada y jugosa en lugar de esponjosa, más cercana al brioche que a un bizcocho de cumpleaños, y de ahí también que una bica aguante una semana y sepa mejor al tercer día que al primero. Lo que venden hoy las confiterías es una receta preindustrial que nadie llegó a modernizar.
La bica es más una familia ourensana que un dulce único, y A Pobra de Trives no la inventó. En Castro Caldelas hacen la misma versión mantecada, y la discusión sobre cuál de las dos la borda es permanente y bastante divertida. En Laza, al sur de la provincia, cerca de Verín, hacen una bica blanca de claras y nata para el Entroido, el carnaval gallego. Lo que ganó Trives fue el nombre, y lo sigue trabajando: en la vecina Manzaneda, la cooperativa Amarelante elabora una con harina de castaña de los soutos que ha devuelto a la producción.

Nobleza, pescado y chocolate
La pregunta evidente es cómo un pueblo tan metido en la montaña llegó a aficionarse a la manteca y la canela. La respuesta está en la calle.
Durante los siglos XVIII y XIX, A Pobra de Trives fue un pueblo rico. Se instalaron aquí familias acomodadas que formaron una burguesía local, y en el XIX la villa se convirtió en el lugar de reunión veraniega de la nobleza gallega, el equivalente de interior de A Toxa. Levantaron la Casa Grande, el Pazo do Marqués, el Pazo de Casanova y el Casino, y acristalaron las galerías que todavía recorren la Rúa Real para retener el poco calor que da la montaña. La plaza pequeña que hoy lleva el nombre del Doctor Paz era la pescadería, donde se vendía el pescado de mar subido desde Vigo. En 1889 el pueblo ya daba para una fábrica de chocolate: José Salgado molía su propio cacao junto al río Cabalar, producía de paso la electricidad de la villa y abastecía a la Casa Real en tiempos de Alfonso XIII.
Ésa es la compañía en la que encaja la bica. La manteca, el azúcar blanco y la canela tienen sentido en un sitio al que subía el pescado de mar y donde se molía cacao a la orilla del río.
Después cambió el siglo. Salgado se llevó los molinos a Buenos Aires en 1910 y reabrió como Chocolates Fénix, que sigue funcionando cuatro generaciones más tarde y sigue imprimiendo el Ponte Cabalar en sus envoltorios. El municipio rondaba entonces los 5.500 habitantes; cuando la N-120 se trazó por Monforte de Lemos, el tráfico de paso se fue con ella y la población se quedó donde está hoy. Los pazos siguen todos en pie, las galerías siguen acristaladas y los hornos siguen preparando el prefermento la noche anterior.

El pueblo en media hora
A Pobra de Trives es un municipio de montaña que va de los 300 a casi los 1.800 metros de altitud, con veinte aldeas, un pasado castrexo y romano, descenso de barrancos por el Navea, rutas de senderismo, una estación de esquí y un calendario de fiestas bien lleno.
Si se puede elegir, conviene entrar por el Ponte Bibei, en la OU-636, a través de los Codos de Larouco: tres arcos de granito, setenta y cinco metros, levantado bajo Trajano para la Vía Nova y Monumento Histórico-Artístico Nacional desde 1931. Sigue soportando la carretera, camiones articulados incluidos, y en buena medida por eso ha llegado en el estado en que ha llegado. Al otro extremo hay un miliario romano.
El casco antiguo se recorre en media hora. La oficina de turismo, el Museo da Escola e a Infancia y un centro de interpretación comparten el antiguo colegio de Santa Leonor, y conviene llamar antes en vez de fiarse de los horarios publicados. Desde ahí se pasa por el Casino, el Pazo do Marqués, la Casa Grande con las armas de los Quiroga, el Pazo de Casanova y la Rúa Real, y luego la torre del reloj de la Praza do Reloxo, en la que vale la pena detenerse. Pertenecía a la vieja iglesia de San Bartolomé. Cayó cuando se construyó la nueva, se reconstruyó, volvió a derribarse en los años sesenta y se levantó por tercera vez en 1995 por petición popular. En la placa de la puerta se lee: Como son xa fun, deixádeme para sempre así — como soy ya fui, dejadme así para siempre —. Tiene treinta años.
A dos kilómetros y medio por la OU-636, en el desvío hacia Manzaneda, un camino baja hasta Ponte Cabalar y hasta las ruinas sin tejado de la fábrica de Salgado. Con más tiempo están el castaño de Pumbariños, en Rozavales, con doce metros de perímetro; San Salvador de Sobrado, románico, con lo que queda al lado de un monasterio de benedictinas; y la Ruta dos Sequeiros, entre los viejos secaderos de castaña. La feria vuelve los días 1 y 15 de cada mes, con pulpeiras, y es también el día más fácil para encontrar el pueblo en movimiento.
Bica de Trives: manteca, azúcar, canela, huevos y harina de trigo — foto de R. García, editada con IA.
La Festa da Bica 2026, con el aforo completo en la pista cubierta del colegio — foto de P. Vanossi.
La Casa Grande de Trives, con el escudo de armas tallado en la fachada de granito — foto de HombreDHojalata.
