Hay un lugar llamado Os Ferreiros en la parroquia de San Martiño de Anllo, en Sober. Hay otro en O Saviñao, uno en Chantada, uno en Paradela, uno en A Pobra do Brollón, y en dos de ellos los herreros dieron nombre no solo al lugar sino a la parroquia entera. Esos nombres son lo que queda de una economía. Funcionó durante siglos, se organizó sola sin que nadie la diseñara, y durante mucho tiempo funcionó bien.
La regla era sencilla: cada parroquia hacía lo que su suelo le permitía, y procuraba hacerlo mejor que la de al lado. A dos lugares de la fragua de Sober el suelo se vuelve arcilla, y Gundivós hizo con ella loza negra. Más allá la tierra se aplana y retiene el agua, y Neiras crió ganado y segó forraje en ese fondo de valle húmedo mientras las parroquias de encima, sujetas a la pendiente, apenas podían dar otra cosa que viña. Nadie repartió esos papeles. Los decidió aquello sobre lo que cada parroquia estaba puesta, y una vez decididos duraron generaciones, porque la alternativa era ser peor en algo que el vecino ya dominaba.
Una especialización así paga el oficio bien hecho, porque la destreza es la única ventaja disponible. En la parroquia de Santa María de Niñodaguia, en el concello de Xunqueira de Espadanedo, la veta del Monte do Barro, en Veigachá, es rica en caolín, y cocida a alta temperatura da una loza tan clara, ligera y sonora que la comparación habitual allí es con la porcelana. Sobre eso levantó la parroquia su oficio: la loza amarilla, el vidriado de orella de boi, tres hornos comunales, un pueblo entero de cacharreiros. Una pieza que pesa menos y se rompe menos llega más lejos y se paga mejor cuando llega. La calidad no era un adorno. Era el modelo de negocio.
La feria convertía el oficio en dinero. Agustín Vázquez, que sigue trabajando el barro en Niñodaguia, recuerda haberle pedido a su tío, con once años, que le dejara ayudar a hacer cacharros para la feria de Baños de Molgas; la carga se vendió en ocho mil pesetas y al niño le pagaron seiscientas. Ahí está el mecanismo entero en una sola transacción: una parroquia llega con lo que solo ella sabe hacer, se va con dinero o con el grano, el vino o el hierro de otro, y quince días después lo repite en otro sitio. No era subsistencia. Era comercio a escala parroquial, y podía crecer cuando los caminos lo permitían: Niñodaguia acabó vendiendo cazuelas y cuencos de queimada al por mayor en toda España, con el País Vasco como mejor mercado.
El oficio que más lejos llegó no era de barro. Entre 1865 y 1870, más o menos, aparecen las primeras ruedas de afilar en la feria de Luíntra, en Nogueira de Ramuín. Funcionaron, y en una generación el afilador con la rueda a la espalda se había convertido en la exportación habitual de un grupo muy compacto de concellos: Nogueira de Ramuín, O Pereiro de Aguiar, Esgos, Xunqueira de Espadanedo, Castro Caldelas, San Xoán de Río. Seis de ellos están dentro de la Ribeira Sacra tal como se dibuja hoy. Fueron a Ourense, después a Bilbao y Barcelona, luego a La Habana, Buenos Aires y México. Se llevaron una jerga propia, el barallete, que mantenía precios y clientes ininteligibles para los de fuera y era, en ese sentido, una herramienta de trabajo.

Las dos historias se juntan en un hombre y en un mismo concello. Hacia 1920, un alfarero conocido como O Luíntra introdujo en Niñodaguia el barro rojo, que permitió a la parroquia hacer piezas capaces de ir directas al fuego. Lo conocía porque pasaba los inviernos trabajando de afilador en Castilla. La emigración no solo vaciaba las parroquias; durante un tiempo también las alimentó, trayendo técnica de vuelta por los mismos caminos que se llevaban a los hombres. Un oficio lo bastante bueno para viajar produjo hombres que viajaban, y algo de lo que vieron volvió y mejoró el oficio que se había quedado.
Después dejó de funcionar, y no porque nadie lo abandonara. Una olla de aluminio pesaba menos que una de barro y no se rompía al caer. Una hoja de fábrica costaba menos que una forjada. Un tractor no había que herrarlo, y cuando se rompía la pieza se pedía en vez de forjarse. Al sistema lo fueron ganando objeto por objeto, y cada sustitución le salía a cuenta a quien la hacía. Vázquez lo explica como lo explicaría un alfarero: ya nadie necesita reponer una pieza que antes se rompía con el uso diario, así que lo que vende ahora es sobre todo adorno. Niñodaguia ha quedado en dos talleres. Cuatro lugares del territorio se siguen llamando Ferrería. En los cuatro juntos vive una persona.
Algo ha ocupado el sitio de aquel sistema, y reparte el trabajo igual que él, desde fuera de la parroquia. En el último ciclo cerrado de desarrollo rural, el grupo de acción local destinó algo más de ocho millones de euros a 143 proyectos, y la mayor parte fue al sector agroforestal y al turístico. En la vieja economía la pregunta era qué tenía una parroquia bajo los pies y si lo trabajaba mejor que la de al lado. En la nueva, la pregunta es qué financia la convocatoria, y la respuesta es la misma en Sober que en Quiroga que en Nogueira de Ramuín. Para una casa concreta no es tanto una elección como la única puerta abierta, y si funciona o no es otra discusión. También es la razón de que un territorio que tuvo veinte respuestas distintas hoy tenga apenas dos.
Manos y barro. Alfarero en Niñodaguia, Xunqueira de Espadanedo — foto de amaianos.
Monumento al afilador, obra de Buciños, en Luíntra — foto de HombreDHojalata.
