La anciana ya abría la iglesia de Santiago de Gundivós cuando llegamos, temprano, antes de que apretara el calor. Estaba orgullosa del retablo — una maraña policromada de dorados y verdes que ella misma había ayudado a recomponer — y, antes de que preguntáramos nada, nos había dibujado el mapa de la mañana. Tres cosas que ver, dijo: la casa-museo del pintor, el taller del alfarero justo enfrente y, a diez minutos a pie carretera abajo, en Donelle, un proyecto llamado Guardabosques que abriría en septiembre. El cruceiro se alzaba entre las dos primeras, como confirmando que estábamos en el sitio correcto. Alrededor, la evidencia corriente de una parroquia viva: muros de piedra seca, algún viñedo disperso, vacas cachenas buscando sombra.
Estamos en un rincón del concello de Sober, a quince minutos de Monforte de Lemos: lo bastante cerca para ser una escapada fácil, lo bastante lejos para haber quedado a su aire. Gundivós aparece en las guías, cuando aparece, como una nota al pie del vino de Sober: la parroquia que hacía la loza negra en la que se guardaba y transportaba el Amandi. Esa nota al pie sigue siendo cierta. Sencillamente, ha dejado de ser toda la historia.
La alfarería de Gundivós es una de las tradiciones cerámicas vivas más antiguas de Galicia, con formas y métodos de cocción que se remontan, a través del comercio romano del vino, a precedentes de la Edad del Hierro. Su seña es el acabado negro profundo, logrado ahumando las piezas sobre un fuego de toxo y sellándolas, tras cocerlas en horno de piedra, con pez de resina de pino. Las piezas nunca fueron decorativas. Se hacían para la viña y la cocina — jarras para vino y aceite, ollas para cocinar y para la matanza — y los buenos talleres las siguen haciendo así. El Museo do Pobo Galego de Santiago conserva una buena colección; el oficio, hoy, lo mantienen vivas apenas dos manos.
Una es la de Elías González, en la Rectoral de Gundivós, una casa rectoral del siglo XVIII que restauró como taller, pequeño museo y tienda, justo frente a la casa-museo. Se visita con cita previa; trabaja en un torno bajo, de mano, cuece con leña y muestra el ahumado que ennegrece la pieza acabada. Su colección personal incluye jarras de hace un siglo. Es, sobre el terreno, el último alfarero propiamente asentado en Gundivós. El otro taller activo, Figulus — Tomás López y Otilia Arias —, está justo fuera de la parroquia, en Corbelle, Proendos, y ofrece visitas guiadas, talleres y una pequeña bodega propia. Dos talleres para una tradición que mengua y, si somos sinceros, poca sintonía entre ellos. Lo anotamos y seguimos: importa más el oficio que el ruido que lo rodea.

El narrador
Quien nos introdujo en todo esto — y quien hoy, más que el barro, define el lugar — es Modesto Trigo Trigo, pintor, nacido en la aldea en 1960 y regresado tras una carrera que lo llevó de Madrid a Ciudad de México, China y Estados Unidos. La casa de sus padres es ahora la Casa-Museo Genia Trigo, por su madre, Generosa, a quien dedica el proyecto entero. Él y su pareja la reconstruyeron ellos mismos: el noventa por ciento de la obra, dice, salió de sus manos y las de Elia.
No es un museo frío. Aperos y testimonios de oficios desaparecidos comparten sala con sus propios óleos — retratos, desnudos, paisajes urbanos, algún encargo para el Ateneo de Madrid secándose en el caballete —. Los objetos están etiquetados; algunos llevan códigos QR que explican un oficio. En una sala cuelga su madre de joven; en otra, las manos de su padre, impresas en el revoque cuando se amplió la casa y nunca borradas, pese a las protestas del abuelo. Hay alojamiento, una pequeña tienda — la «Cantina» —, clases semanales de pintura para los niños de la zona y una sala que alquila para charlas y conciertos. «Para mí era importante», dijo, «describir lo que fuimos, no solo lo que queremos ser.»
Lo que quiere ser es más difícil de resumir, porque Modesto habla como corre un río. Pero el argumento de fondo es coherente y, en este territorio, conocido: que una aldea no es un museo del pasado sino un lugar desde el que construir futuro. Señala, una y otra vez, a la Toscana — donde una generación puso los cimientos hace décadas y hoy vive de ellos — y a los franceses que plantaron avenidas de castaños sabiendo que no comerían su fruto. Quiere traer artistas a través de su fundación, hacer arteterapia con neurólogos, enseñar a pintar a los niños antes de que la escuela les enseñe a no hacerlo. Le impacienta una versión del oficio que solo reproduce jarras viejas para los autobuses de turistas. La cerámica, insiste, tiene futuro como escultura, como materia, no solo como recuerdo. Le gustaría que su primo Elías lo viera así también. Esa tensión, afectuosa y sin resolver, es lo más sincero del lugar.
El vecino que llega
A diez minutos, la aritmética de la parroquia está a punto de cambiar. Guardabosques es un proyecto ecosocial de la cooperativa Ecooo que rehabilita el núcleo deshabitado — nunca del todo abandonado — de Donelle: una casona del siglo XVII y sus dependencias, rodeadas de un bosque de roble, castaño, alcornoque y madroño que el proyecto compra para que no se tale. El plan es un centro de formación rural con veintiuna habitaciones y restaurante, financiado con dinero público, capital propio de la cooperativa y préstamos participativos — más de medio millón de euros, de cientos de personas de España, Francia y Argentina que invierten en lugar de donar —. «Queremos habitar el lugar», nos dijo por teléfono su coordinador, J. V. Barcia, «no colonizarlo.» Llama a Gundivós el nuevo núcleo cultural de la parroquia, y a Guardabosques su hermano menor, con mucho que aprender de Elías y de Modesto. Cuando abra, Modesto lo ve como la sala que nunca tuvo: veinte camas y una cocina desde donde llevar los talleres grandes. Tres pequeñas iniciativas, en definitiva, que deciden en voz baja que juntas son más fuertes que solas.
Para una visita de un día, la logística es sencilla. La casa-museo tiene horario fijo (de martes a domingo, mañana y tarde, cerrado los lunes) y pide tres euros; la Rectoral y Figulus prefieren una llamada previa. Guardabosques, a día de hoy, aún ultima la obra. Todo el conjunto queda a un cuarto de hora de Monforte, lo que lo convierte en una mañana verdaderamente fácil, que recompensa a quien llega con curiosidad más que con una lista que tachar.
Habíamos venido, al final, por la cerámica, y la cerámica es lo menos de lo que encontramos. Lo que queda, en cambio, es la imagen de una pequeña porción de la Ribeira que se ve activa, motivada y decidida a reparar su propio tejido económico y social, en buena medida por iniciativa propia y sin demasiada coordinación visible desde arriba, y dejando esa vaga sospecha, tan gallega, de no haberlo entendido del todo. Que quizá sea lo que hay que entender. Hay lugares que no se entregan la primera mañana.
El cruceiro de Gundivós, A Airexa, Sober; Modesto Trigo Trigo en su estudio — fotos de P. Vanossi.
