En el otoño de 1717, un franciscano de un convento cercano a Bolonia salió de Santiago rumbo a casa. Gian Lorenzo Buonafede Vanti había llegado por el Camino Portugués, se había acercado a Fisterra a mirar el final de Europa y regresaba ahora por Galicia en Año Santo, escribiendo cartas por el camino: doce, largas y minuciosas.
No pasó por Arzúa, Melide ni Palas de Rei, los pueblos que el Códice Calixtino había fijado cinco siglos antes. Torció hacia el sur, siguió el Miño y luego el Sil, y atravesó cien kilómetros de lo que todavía nadie llamaba Ribeira Sacra. En sus cartas le pone nombre a ese itinerario. Lo llama il Cammino dritto di San Giacomo: el camino directo a Santiago.
No la alternativa. No la variante invernal. El directo.
El nombre que lleva hoy — Camino de Invierno, Camiño de Inverno en las parroquias que atraviesa — describe una estación y sugiere un motivo: que los peregrinos venían por aquí cuando la nieve cerraba el alto de O Cebreiro, y que la ruta existe por tanto como solución de emergencia. Es una explicación en líneas generales cierta y repetida sin descanso, incluso por las páginas oficiales de la Xunta, que la matizan con cuidado: se piensa que pudo surgir. Las fechas de Vanti la respaldan, porque caminó durante la pequeña glaciación, cuando el enfriamiento bastaba para dejar los pasos de León y Lugo intransitables durante meses y el rodeo dejaba de ser preferencia para volverse necesidad.
Pero la evitación explica por qué los peregrinos abandonaban el Francés. No explica por qué venían precisamente aquí, y esa respuesta es mil años anterior a la peregrinación.
El camino ya estaba construido. Desde Las Médulas, donde Roma deshizo una montaña con agua para sacarle el oro de dentro, una red de calzadas corría hacia el oeste siguiendo el Sil para evacuar ese oro de la península. Es el mismo corredor que siglos después recogió a los peregrinos de invierno: baja por Montefurado, donde un túnel del siglo II desvió un río entero a través de una cresta de cuarcita; cruza Quiroga y el valle del Lor; atraviesa el llano del Val de Lemos hasta Monforte; y remonta la ribera del Miño hasta Chantada. Un Camino necesita un firme, una pendiente que un cuerpo cargado pueda asumir y poblaciones separadas por una jornada. La ruta del oro aportaba las tres cosas, y llevaba aportándolas desde antes de que hubiera adónde peregrinar.
Esto invierte el relato habitual. La nieve es el detonante, no la razón. Los peregrinos no abrieron una senda nueva por territorio desconocido y con mal tiempo: utilizaron la vía baja, templada y bien hecha que llevaba doce siglos cruzando este territorio y que, además, terminaba donde hacía falta. Los monasterios ya estaban dispuestos a lo largo de ella. Las viñas también.
Lo que vuelve discretamente cómica la historia administrativa reciente. La ruta se caminó durante siglos y fue reconocida como vía jacobea oficial por la Lei do Patrimonio Cultural de Galicia en abril de 2016. Y el reconocimiento ampara solo el tramo gallego: los kilómetros leoneses, incluidas Las Médulas, donde arranca todo, quedaron fuera.
Cien kilómetros del recorrido discurren por los veintiséis concellos de la Ribeira Sacra, más de un tercio del total y con los desniveles más duros de toda la ruta. El Camino entra en Albaredos, a orillas del Sil en Quiroga, y sale a mil ciento cincuenta metros, en una capilla del alto do Faro sobre Chantada: un santuario del siglo XVII levantado sobre restos románicos donde cada 8 de septiembre siguen confluyendo devotos de las cuatro provincias gallegas.
Lo que el Camino de Invierno conserva, y lo que las rutas de verano han perdido casi por completo, es la condición ordinaria del desplazamiento medieval: se viajaba sobre infraestructura que otros habían levantado con una finalidad distinta, y se paraba donde el tráfico anterior ya había puesto un techo. Esto no es una alternativa espiritual al Francés. Es la ingeniería más antigua que hay debajo de la devoción, todavía legible, todavía transitable y todavía, como quería Vanti, el camino directo.
Ermida de Nosa Señora do Faro, Chantada — Camino de Invierno — foto de A. Atterdag.
