Según Turismo de Galicia, la Feira das Cabras se celebra el tercer domingo de septiembre, durante las fiestas de San Cibrao en la parroquia de Merlán, en Chantada. Por eso fuimos el tercer domingo. No parecía haber nadie. La carretera nos llevó hasta la capilla de San Cibrao, en A Torre, donde un panel explica la feria en tres idiomas; la versión inglesa la sitúa en el tercer lunes.
Pablo estaba sentado en un muro bajo al otro lado de la carretera, a la altura de la capilla, sin esperar a nadie. Tiene 78 años, es extremeño y lleva treinta y cuatro aquí, casado con una mujer de la aldea; dieciocho de esos años fue taxista. Cogió el bastón y nos llevó al campo de la feria.
Para qué servían las cabras
El recinto es una carballeira con una pista de baloncesto, un palco de hormigón y, bajo un largo tejado sobre postes de castaño, los corrales: una cuadrícula de cercados de madera, cada uno con su portilla para tener a los animales separados, con el suelo cubierto de paja. En los buenos años pasaban por aquí más de cien cabras, algunas en camión desde el otro lado del río. Junto a los corrales está el bar que levantaron los organizadores, con la barra forrada de duelas curvas de viejas barricas de vino. Detrás sigue un arcón congelador rojo, de los de cerveza. «Eso lo hicimos todos nosotros», dice Pablo.
Un historiador local sitúa el origen de la Feira das Cabras en el siglo XVII o XVIII. Hubo un tiempo en que había feria el día 16 de cada mes; la que sobrevivió fue la de septiembre, el mes de la vendimia. Las cabras se compraban para comerlas durante la cosecha, y su piel acababa convertida en los odres que subían el vino desde los lagares de la ribera hasta las casas, a lomos de mula.

Veintisiete mil euros
En 2006 la asociación vecinal de la parroquia se propuso recuperar la feria. Pablo la organizó durante unos diez años, nunca solo: siempre con cinco o seis vecinos. La fiesta costaba veintisiete mil euros, entre semana. Una orquesta mínimamente decente, cinco o seis mil. El dinero salía de ir casa por casa y de los comercios de Chantada, que ponían cien o doscientos euros a cambio de su logo en el cartel. Los que se habían ido a vivir a A Coruña o a Santiago daban doscientos o trescientos, pero solo si las fechas caían en fin de semana; entre semana no podían venir. Así que la feria pasó al fin de semana, y lo ocupaba entero.
El veterinario, a primera hora, revisando los crotales de cada animal. Tres o cuatro cabras llevadas al matadero de Monforte y traídas de vuelta el mismo día, para la degustación gratuita. Cuatro o cinco mujeres guisando la carne toda la mañana. Leche y queso de cabra, vino de la Ribeira Sacra gratis y una cola que llegaba hasta la carretera. También había compraventa de cabras, pero Pablo dice que traer las cabras nunca fue lo difícil. Lo difícil era todo lo que venía con ellas.
En los últimos años trajeron a la orquesta Panorama, que llegó en tres tráileres que no cabían en la carballeira; Pablo los dejó aparcados en una finca junto a la carretera. En su último año, los mayores le pidieron además una banda de música, y la banda tocó para nadie. «¿Para qué toca la banda? ¿Para ti, para mí o para los carballos?»
Los organizadores no cobraban nada. La última noche cenaron los seis en el bar y pagaron catorce euros cada uno. Después, algunos vecinos dijeron que se habían quedado con el dinero.

Lo que se protege
A diferencia del Folión de Carros — el desfile de carrozas que paraliza Chantada durante un día entero de agosto —, la Feira das Cabras nunca ha sido declarada Festa de Interese Turístico ni Bien de Interés Cultural. Del Ayuntamiento recibía la misma pequeña subvención que cualquier fiesta de aldea; el resto salía de la buena voluntad de los vecinos de Merlán. Esto fue tierra de cabras; hoy el único rebaño que Pablo sabe nombrar es el de un amigo, con doce animales.
Ya de vuelta en la capilla apareció José Luis. Su abuelo era el Camilo Fernández cuya viuda mandó levantar en 1948 el peto de ánimas de granito. José Luis recuerda las pieles de cabra: diez o doce colgadas en casa de su madre, cuesta arriba, listas para la vendimia. Sus primos están rehabilitando ahora esa casa para turismo rural. Cuenta la historia reciente de la feria igual que Pablo: se interrumpió con el covid, volvió en 2023 con un centenar de cabras y lleva dos años sin celebrarse.
Entre ambos han oído que hay dos chicos dispuestos a hacerse cargo de la feria el año que viene. Cuando se celebraba, las cabras desfilaban en la procesión después de la misa de la una. Este año la misa fue a la una, y los corrales bajo el tejado de castaño estaban cubiertos de paja y vacíos.
Pablo en el campo de la feria; El bar, hecho de barricas; Los corrales, cubiertos de paja — fotos de P. Vanossi.
