Vilachá: The Cellars Between Two Mays

Vilachá: las bodegas entre dos mayos

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Cuarenta bodegas de piedra en A Pobra do Brollón: la feria de mayo, comidas con amigos, un escondite de 1936 y una vista inesperada del Sil.

Lo primero que aparece al llegar a Vilachá es un escenario: una grada de hormigón encalada, con tejado de chapa y una escalera en el centro, sobre un trozo de césped a la sombra de los árboles. El primer fin de semana de mayo es el corazón de la Feira do Viño: los cosecheros llenan el lugar de vino, suenan los grupos de música y las bodegas abren sus puertas. El resto del año está vacío, y casi siempre lo están también las callejuelas que tiene detrás.

Recorren el barrio de A Abelaira, empedradas con losas de pizarra y cubiertas de hojas secas, entre construcciones bajas de piedra con tejados de pizarra verdes de musgo y puertas de tablones verticales. Son unas cuarenta; la cifra oficial dice 42, porque algunas tienen dos puertas. Entre ellas no hay ninguna casa. Este rincón de Vilachá, la única parroquia de A Pobra do Brollón que llega hasta el Sil, se levantó para el vino, y la Galipedia habla de bodegas milenarias, de las más antiguas de la península ibérica. Con todas las puertas cerradas, al caminar por aquí echas de menos a la gente para la que se construyó aquel escenario.

Fines de semana y memoria

Cristina Rodríguez, la guía del concello, cuenta lo que las puertas cerradas callan. Algunas bodegas funcionan como furanchos, donde los cosecheros sirven su propio vino, pero solo unos tres meses al año, y cierran a primeros de agosto. Las demás son de familias que viven cerca y suben los fines de semana a comer con amigos y abrir una botella. Una vez al año, el equipo de fútbol de A Pobra celebra su comida en una de ellas.

Esos fines de semana son lo que queda de la comunidad que levantó el lugar. Las familias trabajaban las viñas de las laderas y pasaban aquí jornadas enteras durante la vendimia y el prensado, echándose una mano unas a otras. Uno de los callejones era el de los enamorados, porque los chavales que crecían entre estas puertas se conocían aquí. Las bodegas también guardaron secretos. Cristina lleva un álbum con una fotografía de Juan Tizón Herreros, alcalde socialista de Monforte de Lemos en 1936. Tras el golpe de julio, según nos cuenta, se escondió en una de estas bodegas antes de huir a Portugal. Murió exiliado en Oporto en 1945.

Los escondites de los republicanos camino de la frontera son una de las líneas de investigación de Adegas da Memória, el proyecto de arqueología y memoria oral que trabaja en Vilachá desde 2018. El mismo proyecto fechó el origen de los bancales en el siglo X y situó la gran expansión en el XIII, cuando los cistercienses plantaron las ribeiras de Val do Frade y O Eivedo. Las bodegas son Bien de Interés Cultural, igual que las bodegas cueva de Seadur, en Valdeorras, y cada propietario corre con los gastos de la suya: la luz y el agua, el desbroce junto a la puerta y, cuando cede un tejado, la pizarra y la madera para rehacerlo.

Una bodega para los sábados

El suegro de Cristina comparte bodega con un amigo, y basta entrar para entender el uso que tienen hoy estos espacios. Contra una pared hay una estufa de hierro fundido, una caja de leña y un hornillo de tres fuegos sobre una bombona de butano naranja. Encima de la encimera, una estantería de madera guarda ginebra, vermú, ron, whisky y refrescos, con un sombrero de copa en la balda de arriba. Alguien ha escrito «Godello» en un extremo y «Mencía» en el otro, y de un lateral cuelgan las medallas de la Feira. Los dos tienen hijos y nietos, y Cristina no se imagina a nadie de la familia vendiéndola.

La bodega de Puri

Siguiendo la visita, nos encontramos con Puri, María Purificación Díaz Ferreiro, que nos enseñó su bodega. La heredó de sus padres, y es una de las dos bodegas de Vilachá que embotellan bajo la DO Ribeira Sacra, en la subzona de Quiroga-Bibei; la otra es Adegas Salvadur. Una parte está preparada para las visitas, con mesas cubiertas de papel rojo, barricas viejas y garrafas en el estante bajo las vigas y sillas colgadas de la pared. El resto es donde se trabaja, y llegamos en plena vendimia: depósitos de acero inoxidable contra la piedra, una despalilladora, cajas apiladas y hollejos frescos sobre el suelo de baldosa. Con una hectárea de mencía y garnacha, Puri elabora unos 6.000 litros de Val do Frade y vende casi todo a quienes vienen a conocer el lugar. Pagamos nueve euros por un tinto joven de 15 grados. En agosto invita a siete bodegas a pasar un día en Vilachá.

Unas puertas más allá, otra bodega conserva las herramientas antiguas en su sitio. Una gran cuba de aros rojos descansa sobre su soporte con una tolva de madera encima, y en la pared de al lado cuelgan un embudo, una horca y una pala de madera tallada.

La vista desde A Capela

Desde las bodegas fuimos todos al Miradoiro da Capela. El Sil traza una curva muy abajo, y en la orilla más cercana los bancales de los cosecheros forman manchas verdes entre el monte bajo, con una pista que serpentea junto a unas pocas casetas de aperos. En este rincón montañoso de Lugo es una sorpresa completa: la vista del cañón que la gente suele ir a buscar a Doade, en Sober, y que aquí aparece al final de un camino de aldea.

El concello de A Pobra do Brollón organiza visitas guiadas a las bodegas y al mirador en verano, generalmente de julio a septiembre; las fechas cambian cada año, así que conviene llamar antes de organizarse (982 430 001). La visita entra en una bodega y termina con una copa servida por quien haya abierto la puerta ese día.


Las bodegas de Vilachá, un día cualquiera; Puri en su bodega, en plena vendimia — fotos de P. Vanossi.