~11 km lineal · ~3,5 horas · moderada · Inicio: Aldosende · Final: Mirador de Cabodevila
Vello promete antigüedad, y el camino solo la tiene en parte. Cuando el embalse de Belesar se llenó, en los años sesenta, el agua cubrió los caminos que unían Aldosende con Portomarín por el fondo del valle, y para sustituirlos acondicionaron el sendero que hoy está señalizado como PR-G 249. Donde el valle no daba para más, abrieron el trazado en la roca. El camino viejo que recorres es el que le quedó a la parroquia cuando subió el agua.
La ruta sale de la iglesia de Santiago de Aldosende, en una aldea donde la tierra alrededor de las casas sigue trabajada, y deja atrás el caserío entre frutales, castaños y nogales. La niebla suele quedarse en el valle hasta bien entrada la mañana. El Mirador de Aldosende, a 1,7 km del inicio, es la primera parada que merece la pena: debajo, el embalse dibuja una curva, y a partir de aquí el camino empieza a perder altura de verdad.
La bajada por el cañón del Rego do Bacelo es el tramo más duro del día. El suelo pasa a ser roca y escalones de piedra, resbaladizos con la humedad, con cables de acero fijados en casi todo el recorrido. A media bajada, un panel en la Pena de Alfredo cuenta la historia de Alfredo Rodríguez Arias, vecino de Aldosende que bajaba a pescar al río en los años sesenta, la misma década en que abrieron el camino. Cuando llovía se resguardaba bajo la roca, a veces más de una noche, con leña apilada cerca. Poco después, una pasarela cruza el Bacelo sobre una sucesión de pequeñas cascadas. Pocos senderos de la Ribeira Sacra dan tanta sensación de camino de montaña, y este está en un estado excelente.
Pasado el arroyo, el camino avanza por un viñedo entre dos vallas pegadas a las cepas, y cruzarlo tiene algo de atravesar un telón. Poco más adelante llega al Mirador da Volta do Castelo, donde el Miño está tan quieto que parece un lago. Esta primera parte de la ruta sería por sí sola un paseo completo.
Lo que sigue es un interludio. El camino corre llano junto a la orilla del embalse, expuesto y sin dificultad, entre madroños y robles, casitas para pájaros decoradas que cuelgan de los pinos o descansan contra los muros bajos, y una fila de colmenas en un bancal. En el Mirador de San Facundo, donde el Rego do Lombao baja al Miño, los meses secos retiran el agua lo suficiente para dejar a la vista viejos bancales y muros de casas que normalmente quedan bajo la superficie.
Tras una curva cerrada pasado el mirador, la iglesia de San Facundo de Ribas de Miño aparece casi sin aviso, con la casa rectoral adosada y viñedos por todas partes. La fundaron los benedictinos en el siglo XII para pasar a los peregrinos de una orilla a otra. En época de vendimia hay cuadrillas trabajando en los bancales que la rodean. El camino cruza entre las cepas y sale a una pista asfaltada que lleva hasta A Adega dos Penedos: unas pocas casas abandonadas asentadas sobre el túnel de la pista, con un mirador sobre el río y una pequeña muestra etnográfica de objetos antiguos en uno de los edificios.
Después viene Santa Marta, una aldea pequeña que atrapa más de lo que su tamaño haría pensar. El cuarzo asoma en el camino y en los muros de las casas, y con el agua baja se abre delante del pueblo una franja larga y clara que parece una playa. Un panel explica que era conocida por su empanada de anguila. En Santa Marta ya no queda dónde comerla. Un último kilómetro de subida lleva al Mirador de Cabodevila e Penedo do Bico, con Portomarín en el horizonte, la villa a la que debía llevar este camino.
Volver andando hasta Aldosende duplicaría una jornada que ya es completa, así que lo práctico es que alguien te recoja en el último mirador. Si no es posible, la ruta admite dos idas y vueltas: de Aldosende al Mirador da Volta do Castelo, unos 7,6 km con el cañón en los dos sentidos, o de Cabodevila al Mirador de San Facundo, unos 9 km de orilla y parroquia. Mejor dejar el cañón para días secos y venir en los meses de menos agua para ver las ruinas que asoman a lo largo de la orilla; bajo el Mirador de San Facundo son las más impresionantes.
Quien te recoja, en cualquier caso, ya sabe adónde llevarte. El Restaurante Río Loyo está a dos kilómetros carretera abajo, y es adonde te mandan desde Santa Marta si preguntas por la empanada. El comedor está siempre lleno. La anguila viaja ahora desde muy lejos, porque las del río han desaparecido, y la empanada se sigue haciendo.
