10,5 km circular · ~3 horas · fácil–moderada · Inicio: Capela de Vilela, Taboada
A esta altura el Miño ha dejado de comportarse como un río. La cola del embalse de Belesar llega hasta el alto Pantón, y lo que corre bajo el sendero es agua ancha y lenta. Las viñas suben por ambas orillas. Leídas de un lado al otro cuentan algo distinto a las terrazas verticales del Sil o de Amandi: lateral en lugar de vertical, dos laderas enfrentadas en lugar de una caída. A Embelesadora llega señalizada como sendero sensorial de bienestar. Conviene esquivar la etiqueta. El verdadero asunto del recorrido es el río que dejó la presa.
Arranca en la capilla de San Miguel de Vilela, a pocos minutos de la N-540, en el municipio de Taboada, sur de la provincia de Lugo — un rincón agrícola y silencioso de la orilla del Miño que queda bien fuera del circuito de las postales del cañón. La primera mitad del bucle desciende suavemente por las parroquias de Vilela y Santiago de Sobrecedo en dirección al río: aldeas pequeñas, huertas, tramos de robledal y castiñeiros, algún claro de pinos y toxos. Nada está compuesto para el visitante. El camino es el tejido de trabajo de dos parroquias, y se lee así.
El descenso llega al Miño donde el río es ancho y lento desde 1963 — la cola del embalse de Belesar, un tramo que la mayoría cruza en coche entre Chantada y Portomarín sin reparar en él. Desde la orilla, en día claro, se ven viñas en ambas riberas: los bancales occidentales de la subzona de Chantada sobre tu cabeza, las laderas orientales de O Saviñao enfrente. Por una vez, son más legibles desde el lado que desde arriba. El cañón, más al sur, insiste en el vértigo; esto es otra cosa — viticultura de ribera con pendientes más manejables, en un lugar donde el río todavía se comporta como río y no como corredor.
Si el nivel del embalse está bajo, se puede ver Castro Candaz, el castro prerromano y posterior fortaleza medieval situado al otro lado del agua, en la parroquia de Pedrafita (Chantada). Normalmente está sumergido. Solo emerge cuando el embalse cae por debajo del 25% de su capacidad: orígenes prerromanos, reconstrucción medieval por la familia Taboada, derribo en las Revueltas Irmandiñas del siglo XV, hundimiento definitivo en 1963 junto con todo lo demás que se llevó la presa. La mayoría de los años permanece bajo el agua. La caminata no depende de verlo, y entender su ausencia como el verdadero argumento — una mirada hacia algo que casi nunca está — se acerca más a lo que este territorio ofrece que cualquier propuesta sensorial.
El regreso sube de forma sostenida hacia las aldeas altas de Sobrecedo de Abaixo y Sobrecedo de Arriba, y desciende de nuevo por Rioseco hasta volver a Vilela. Unos 350 metros de desnivel acumulado en el conjunto del bucle, bien repartidos, sin tramos exigentes. El recorrido completo se hace en torno a tres horas a buen paso, algo más si te detienes en el río — y detenerse en el río es la única forma honesta de hacerla.
No hay aparcamiento junto a la capilla de San Miguel de Vilela; deja el coche en la N-540 donde el arcén lo permita. No hay transporte público a Vilela. Llega por la mañana si quieres la luz sobre el embalse; llega con pantalón largo sin importar la época del año, porque el tramo entre A Laxa y Penedo da Cruz no está mantenido. La vegetación — ortigas, rosal silvestre, plantas que superan con creces el metro de altura — invade el camino hasta hacerlo difícilmente transitable. La ruta está señalizada. Eso es lo más que se puede decir de este tramo. Lo cual convierte el sello de bienestar sensorial en algo que archivar junto al resto de lo que este paseo se niega a entregar a tiempo — y la razón por la que sigue mereciendo la pena.
