9,6 km circular · ~3 horas · fácil–moderada · Inicio: puente de Belesar, Chantada/O Saviñao
Belesar es una aldea con dos ayuntamientos y un solo puente que los mantiene unidos, y la ruta que sale de ahí acaba cruzando el Miño dos veces por la misma razón que lo hace el vino. Las familias que tienen la bodega en una orilla tienen las viñas en la otra. El río marca el límite; los puentes son el arreglo con el que se trabaja.
El PR-G 183 señalizado son 4,6 km desde el puente de Belesar, subiendo primero entre bancales y bajando después hasta la aldea de A Veiga. Está homologado, bien marcado y es lineal, así que lo único que hay que decidir es la vuelta. La versión que proponemos aquí retrocede el poco trecho que separa A Veiga del puente de Portotide, cruza a la orilla de O Saviñao y regresa por 3,4 km de carretera tranquila: unos 9,6 km en total, casi todos de tierra.
Deja el coche en el embarcadero, en el lado de O Saviñao, y cruza el puente de barandilla amarilla. Ya en la orilla chantadina el sendero tira a la izquierda, río abajo, por un tramo corto de empedrado bajo la iglesia de San Bartolomeu. El Camino de Invierno comparte el puente y nada más: sus flechas giran a la derecha y suben por los Codos hacia Chantada. Quien siga el amarillo cuesta arriba se ha metido en otra tarde completamente distinta.
Después vienen los viñedos, casi dos kilómetros. Son los bancales que todo el mundo fotografía desde el otro lado del valle, vistos ahora desde dentro: los raíles de acero bajando entre las filas para sacar las cajas de la ladera, los muros sosteniendo dos o tres hileras de cepas. Los viticultores de aquí llaman a esta franja la Milla de Oro, el tramo de mencía y godello por el que se cotiza la subzona de Chantada.
El camino baja a O Pousadoiro, cuatro casas sin tejado en un rellano sobre el agua, y llega luego a Pincelo, que es la razón para venir andando en vez de mirarlo desde una barca. La aldea está a ras del río, con su propio embarcadero y un par de batuxos todavía amarrados.
Unos centenares de metros más allá aparece el puente de Portotide: un solo carril, hierro en el centro y mucho más grande de lo que le correspondería. El original hubo que levantarlo y alargarlo hasta los 125 metros cuando subió el embalse, conservando la estructura de hierro en su tramo central, y esa misma agua se llevó buena parte de las tierras de ribera de Pincelo. Déjalo estar de momento: la ruta marcada sigue junto a un cruceiro y el molino de O Muíñovedro hasta terminar en A Veiga.
La vuelta no tiene misterio. Regresas al puente, lo cruzas y subes hacia el norte por la carretera de la orilla de O Saviñao, con muy poco tráfico y los bancales de la mañana ahora enfrente. En este lado del cruce hay un panel con la fotografía de Esther Teijeiro Lemos, nacida en Nogueira de Miño en 1936, que embotelló su propio vino cuando en el valle todavía se vendía a granel y elaboró el primer vino ecológico de Galicia en el año 2000, con sesenta y cuatro años. Su Adega Diego de Lemos está en Pincelo; las cinco hectáreas que la abastecen están aquí, en esta orilla, al otro lado del agua. Para eso está el puente.
Girar en Portotide sin llegar hasta A Veiga deja una versión de 7 km que no pierde nada salvo la aldea, y es lo razonable en agosto, cuando los tramos de viñedo no dan ni una sombra y el esquisto guarda el calor hasta bien pasadas las seis. En sentido contrario, quien llegue a A Veiga con ganas de seguir puede continuar un kilómetro cuesta arriba, unos 110 metros de desnivel, hasta el Miradoiro do Cabo do Mundo, que coloca el meandro abajo visto desde dentro; queda fuera de la ruta señalizada y cuesta casi una hora entre ida y vuelta. La primavera y el final de octubre son las ventanas evidentes. Hay un bar en el embarcadero de Belesar, fácil de no ver si has venido solo por la ruta, y nada más en todo el recorrido.
