La cooperativa lleva el nombre de un cerdo. Más exactamente, el que los viejos criadores de la Costa da Morte daban al cerdo autóctono gallego: el porco celta arrastra las orejas por el suelo mientras hoza, y de lado parece tener tres hocicos — tres fuciños. El nombre lleva dentro al animal y la broma a la vez, que es más o menos el registro en el que se mueve Isabel Costas. Dirige la cooperativa desde Carballedo, en la orilla del Miño de la Ribeira Sacra, donde once pequeños criadores tienen a sus cerdos sueltos en el monte en lugar de encerrados en naves. Llegó de un pueblo de Vigo hace dieciocho años — su propio resumen tiene dos palabras: «por amor.» Lo que la retuvo es más difícil de nombrar, y buena parte de esta conversación es ella intentándolo.
P. Te defines como emprendedora rural, pero no empezaste ahí. ¿Cómo acaba una secretaria de dirección bilingüe criando cerdos en el monte?
Soy de Valladares, un pueblo cerca de Vigo. Llegué a Carballedo por amor, y me quedé porque encontré una forma de vida más coherente conmigo misma que la que dejé. De niña trabajé el campo con mi abuela — pero hacer lo que te mandan no es lo mismo que dirigir tú. Cuando las decisiones son tuyas, la tierra deja de ser una tarea y pasa a ser una postura. Tres Fuciños se construye sobre la cría tradicional de porco celta en libertad. Más allá de la carne, es una apuesta por el rural — por una forma más honesta de producir alimentos y por devolver a las personas el contacto con lo que comen.
P. Los cerdos viven de una forma muy distinta a los de las granjas industriales.
Completamente. Los nuestros viven en el monte, libres, entre doce y catorce meses — en las granjas intensivas el cebo dura de media cinco. El movimiento les hace músculo, por eso la carne es más roja, casi como de ternera, y entreverada como debe ser una buena carne. Hacemos todo el proceso nosotros, desde el animal en el monte hasta el producto en manos del cliente, y trabajamos bajo pedido en lugar de acumular excedente, para que llegue lo más fresco posible. Hay una segunda cosa que hacen los cerdos y que no nos paga nadie: limpian el matorral. No hay mejor máquina que un cerdo celta para mantener el monte limpio — y un monte limpio es un monte que arde menos.

P. ¿Qué te da la Ribeira Sacra que no habías encontrado en ningún otro sitio?
Algo difícil de explicar si no lo vives — una conexión real entre las personas y el territorio. Aquí todavía hay ritmos humanos, una relación directa con la naturaleza, una sensación de verdad que en muchos sitios ya se perdió. Y viene con una mezcla muy particular de dureza y belleza. Nada aquí es fácil: trabajar el campo, mantener un proyecto rural, vivir en una aldea pequeña requiere muchísimo esfuerzo. Pero precisamente por eso todo tiene más valor. Cada finca cuidada, cada viñedo en bancales, cada pequeño productor que resiste cuenta una historia de arraigo y resistencia. Aquí encontré una vida más coherente con quien soy.
P. ¿Y qué falta todavía?
Mucho. Apoyo real al rural, menos trabas para quien quiere emprender, menos burocracia para los proyectos pequeños. Relevo generacional. Mejores servicios, para que la gente joven pueda quedarse sin sentir que renuncia a un futuro. Y quizá, desde fuera, entender que el rural no es solo paisaje o turismo — es trabajo, economía, cultura, personas sosteniendo un territorio cada día.
Si no hay personas viviendo y trabajando aquí, el territorio acaba convirtiéndose solo en una postal.
P. Sacar esto adelante significa ser varias personas a la vez.
No se puede separar la vida del proyecto. El trabajo nunca termina del todo, y la mayoría de los días eres la productora, la comercial, la administradora, la comunicación y la atención al cliente al mismo tiempo — además de ser tú, el ama de casa, la que cuida la huerta. Y luego, igual de importante: formación, formación, formación. Siempre pensé que «vivir rural» no significa «vivir desinformada.» Lo más difícil es competir en un mercado que muchas veces solo lee el precio y no todo lo que hay detrás de un producto sostenible. Criar animales en libertad, respetar los tiempos naturales, hacer las cosas con coherencia cuesta más tiempo, más dinero, más esfuerzo, y eso no siempre se entiende desde fuera.

P. ¿Qué viene ahora para Tres Fuciños?
Meses importantes. Estamos consolidando lo que tenemos y abriendo líneas que acerquen el proyecto a la gente. Una es la foodtruck — una forma de llevar el producto y la filosofía a ferias y eventos donde la gente pueda probarlo y entenderlo de verdad. También desarrollamos experiencias ligadas al territorio: visitas, catas, cosas organizadas alrededor del monte, la huerta, el porco celta y nuestra forma de trabajar. La idea es que no solo compres un producto, sino que conozcas todo lo que hay detrás. Más que grandes lanzamientos, lo que viene es una evolución — seguir construyendo un modelo rural vivo, sostenible y conectado con el lugar donde está.
Tres Fuciños opera desde Carballedo (Lugo). La carne se vende bajo pedido, fresca y curada, y la foodtruck recorre las ferias de la zona a lo largo del año — la Festa do Cocido do Porco Celta de Carballedo, cada abril, es el sitio más seguro para encontrarlos.
Preguntas rápidas
Un lugar
La curva del Miño en Cabo do Mundo — una zona fantástica.
Un vino
Un godello. Ahora mismo tengo varios en la cabeza, pero el godello es mi pasión.
Una ruta
Toda la Ribeira Sacra tiene esa parte de descubrimiento — pero la zona de Pincelo me encanta.
Una palabra
Resistencia.
Una idea equivocada
Que la Ribeira Sacra sea solo un lugar bonito para visitar. Es vida real — mantener vivo este territorio cada día.
Todas las fotos son cortesía de Tres Fuciños. Prohibida su reproducción sin autorización escrita.
