Las viñas por las que viene todo el mundo tienen mil años. La piedra sobre la que crecen tiene quinientos millones. Esta es la ruta que deja atrás el vino para ir a las dos historias más antiguas del territorio — el oro que los romanos arrancaron al Sil y la roca que lo puso allí — y pide dos días en lugar de uno, no porque los kilómetros castiguen, sino porque los dos asuntos no comparten registro. Uno pertenece al río y al trabajo hecho sobre él; el otro, a la sierra y a un tiempo tan profundo que el río es apenas un huésped reciente. Quiroga se asienta sobre la costura entre ambos, y la tierra se separa limpiamente por ella: dos mitades, cada una con su clima y su propio argumento.
La primera mitad sigue el oro aguas abajo, y conviene empezarla bajo techo.
DÍA 1 · EL ORO
~18 km en coche · 3 paradas · 3–6 horas · Inicio: Ribas de Sil · Final: Montefurado, Quiroga
Empieza en el C.I.M.A.R. de San Clodio, el primer museo de Galicia dedicado por entero a la minería aurífera romana, casi sobre la grava del Sil junto al geocamping. Lo que hay que entender aquí, antes de salir a buscarlo a plena luz, es el método: la ruina montium, el derrumbe deliberado de una ladera mediante agua almacenada y soltada bajo su propio peso — la misma técnica que vació Las Médulas —. El valle al que se baja después es el largo desenlace de esa violencia, dos mil años de verde crecidos sobre una herida industrial.
Desde San Clodio la carretera baja al sur, hacia la herida misma. El Túnel de Montefurado no es cueva ni accidente: en el siglo II, bajo Trajano, los ingenieros romanos abrieron de lado a lado la cresta de cuarcita de la Pena do Corvo para sacar al Sil de su curso y trabajar las gravas auríferas del meandro abandonado. La galería que horadaron medía quizá ciento veinte metros. Una riada catastrófica en 1934 derribó más de la mitad, y lo que queda hoy ronda los cincuenta — una cifra que sigue cayendo, porque el río aún crece y la roca aún cede —. El invierno pasado, sin ir más lejos, un equipo de Salamanca y la confederación del Sil volvió con drones y tomografía para construir un modelo digital de por qué la montaña sigue fallando. El monumento, literalmente, todavía se mueve.
El mirador que lo domina se reformó hace poco — barandillas, panel y el camino al agua puestos a punto —, de modo que el acceso es bueno y el encuadre, generoso. Aparca en el aparcadoiro señalizado, asómate al mirador de Anguieiros para ver el arco y baja la corta distancia hasta la aldea de Montefurado. Las casas llevan el color del monte por una razón: el mortero rojo es la misma tierra lavada que los romanos removieron buscando oro, y los pináculos de arcilla que se alzan sobre los tejados son la imagen residual de aquella excavación — aunque los dos más altos son sinceros sobre su edad, levantados en los años setenta cuando se extrajo tierra para terraplenar la N-120 —. Extracción, agotamiento, reaprovechamiento, persistencia: toda la gramática de este territorio prensada en una pequeña aldea rojiza con un agujero en la montaña a su espalda. Quien prefiera el oro bajo los pies y no bajo el cristal puede tomar el circuito de Covallón — un bucle de 5,5 km desde Louxadelas, ascendiendo por la ladera del Monte Cerengo junto a cuatro explotaciones romanas, una subida sostenida y bien señalizada, cartografiada en Wikiloc para quien la quiera —.

La segunda mitad abandona el río por completo, y cambia distancia por profundidad.
DÍA 2 · LA ROCA
~9 km en coche · 2 paradas · 2–3 horas · Inicio: Quiroga · Final: pliegue de Campodola-Leixazós
Empieza en la villa de Quiroga, en el Museo Xeolóxico, cinco salas pequeñas que despliegan seiscientos millones de años en el orden en que la propia roca los apiló. La primera sala es el pliegue ante el que te plantarás después, y ese es el orden correcto: Campodola agradece algo de preparación. La entrada cuesta un euro, y el personal lee la piedra local como en otros lugares leen a sus santos.
El punto fijo de la jornada, sin embargo, está al norte. Toma la LU-651 hacia Campodola, donde un pliegue del tamaño de una ladera yace de costado a la vista desde el asfalto. Es un sinclinal tumbado, plegado y volcado durante la colisión varisca que soldó el Macizo Ibérico hace unos trescientos millones de años — y resulta legible a simple vista como casi ninguna geología lo es, los estratos curvándose sobre sí mismos como la veta en la madera partida —. Fue reconocido internacionalmente como pliegue de referencia en 1983 y declarado Monumento Natural en 2012. Hay un mirador a pie de carretera con su panel; nada que reservar, nada que pagar. Te plantas donde la carretera lo permite y lees trescientos millones de años en una ladera.

Tres minutos más arriba por la misma carretera, el Miradoiro Ecoparque do Courel abre un argumento distinto por completo. Donde Campodola es un solo pliegue leído de cerca, este es la vista larga sobre el conjunto — el balcón propio del geoparque, el punto donde la Ribeira Sacra oriental deja de ser un único monumento para volverse un territorio en el que cabría pasar una semana —. Pertenece a otro viaje, hacia el Courel propiamente dicho, pero queda lo bastante cerca del pliegue como para marcar el umbral. Ningún mirador da, sin embargo, la estructura entera, y el pliegue se entiende mejor desde dentro que desde cualquier mirador suelto: el sendero de Campodola a Leixazós recorre su propia longitud, hora y media aproximadamente, y es la única forma de ver los estratos desplazarse a medida que avanzas, en lugar de desde un encuadre fijo.
Los museos son la única variable que decide el ritmo de ambos días. Cada uno mantiene horarios breves y cambiantes — un par de ventanas a mediodía, solo fines de semana en el C.I.M.A.R. — y cada uno prefiere una llamada previa. Toma cualquier horario publicado como un rumor y confírmalo directamente. Los grupos suelen poder concertar una visita fuera del horario fijado, lo que disuelve de paso todo el problema de tiempos. ¿Podría hacerse en un solo día? Con ambos museos confirmados y madrugando, sí — unos cincuenta y cinco kilómetros con las dos aperturas como puntos fijos que ir enhebrando —. Pero supondría comer en el coche y detenerse ante el pliegue solo lo que dura una mirada, sin margen para el bucle de Covallón ni para la subida al Courel que le da horizonte a la segunda jornada. El territorio lleva quinientos millones de años esperando a ser leído. Aguantará una segunda tarde — y la propia LU-651, tranquila, bien asfaltada y con poco tráfico, es de esas carreteras que atraen su goteo constante de motos en un fin de semana despejado, con o sin el pliegue como excusa —.
Pliegue geológico de Campodola-Leixazós, Quiroga, Lugo — foto de P. Vanossi, editada con IA.
Vista del pueblo de Montefurado, Quiroga, Lugo — foto de A. Estévez, editada con IA.
