La Ecofinca Tanquián ocupa cinco hectáreas y media por encima de la aldea de Deade, en Pantón — bosque de robles, viñedo, huertas y frutal, llevadas durante treinta y cinco años como uno de los proyectos de permacultura más antiguos de Galicia. Se deja el coche a un paso de la casa y se llega caminando, como le gusta a Emmely, con los vehículos fuera de la vista del terreno. Alemana-turca — agricultora ecológica, aficionada al compost, artista de esculturas en el exterior —, llegó buscando un sitio sencillo donde aprender a vivir de la tierra y un lugar tranquilo para criar a sus hijos en contacto con los árboles. Sigue aquí. Los hijos crecieron; una de ellas, May, da clases de yoga por la comarca. Hoy la torre medieval de la propiedad se alquila a viajeros y llegan voluntarios para aprender cómo funciona el lugar, mientras la finca va pasando, despacio, de cultivar alimento a ayudar a las personas a reconectar — con la naturaleza y consigo mismas — a través del yoga, la alimentación y la práctica diaria de vivir aquí. Unos minutos cuesta abajo, el monasterio cisterciense de Ferreira, donde las monjas llevan siglos sin romper el hilo del tiempo, es un vecino apropiado para un sitio que se mide en décadas.
P. Treinta y cinco años es mucho tiempo para quedarse. ¿Qué te retiene?
Tengo una relación muy fuerte con el terreno. Me sostiene, me enseña y nunca me abandona. Nuestra zona es muy especial por la diversidad de sus microclimas, y por el hecho de que la vieja cultura se está muriendo, dejando espacio para algo nuevo que aún está sin definir. Las dificultades para encontrar empleo y los inviernos fríos actúan como filtro para las personas que intentan vivir aquí. Hace falta bastante convicción y aguante para lograrlo. Pero merece el esfuerzo.
P. Muchas fincas ecológicas dicen que trabajan con la tierra. ¿Qué hace Tanquián que una finca ecológica convencional no haría?
Recordando que el manual de permacultura de Bill Mollison salió solo en 1988, creo que con nuestro proyecto contamos como pioneros en España, y desde luego en la Ribeira Sacra. Lo que hace especial a Tanquián es la continuidad. Las iniciativas de permacultura y los proyectos holísticos en el campo tienen un gran potencial de fracaso, por las dificultades que se encuentran en el camino. Lo hemos sobrevivido todo, y por eso podemos enseñar muchas cosas ya hechas, ya probadas. Como el foco siempre estuvo en crear más armonía entre nosotros y el terreno — y no en una producción grande —, fuimos capaces de ajustar las prácticas continuamente a lo que nos enseñaba la experiencia.

P. Danos dos o tres decisiones concretas que vengan de la permacultura y no de la costumbre.
Hace unos años sembramos zinnias entre los tomates, y los dos crecían más de lo normal — ahora lo hago siempre. Tenemos unos cien frutales y casi no los podamos, dejando que las ramas se apoyen en el suelo. Eso ahorra meses de trabajo, y no hace falta ponerles apoyos para que no se rompan. De las cinco hectáreas y media, dos son bosque de roble autóctono. Mantenemos ese espacio sin sacar nunca más del diez por ciento de leña al año y respetando los árboles antiguos. Así la caballeira está más preciosa cada vez, mientras la casa se mantiene caliente en invierno.
P. Después de tres décadas, ¿qué te ha enseñado la tierra que no decían los libros?
Que no existen soluciones universales. Los libros dan ideas muy útiles, pero la práctica decide. Cada lugar es distinto — lo que funciona para mí puede no funcionar para mi amiga que vive a cincuenta kilómetros, simplemente por diferencias de suelo, de historia del terreno, del abuso que ha sufrido, del microclima. Para disfrutar de este tipo de vida hay que ser flexible y reaccionar a lo que pasa, tanto con el terreno como con la gente. La fijación con especializarse, en esta sociedad, es una equivocación fatal — la naturaleza siempre opta por la diversidad. Y la otra cosa necesaria está en nuestra cabeza: una actitud humilde ante la naturaleza. Todo tiene derecho a existir, hasta «las plagas». Yo soy solamente una plaga más — igual la peor de todas. El fracaso no existe; solo hay lecciones que te hacen entender mejor el sistema que estás cuidando. Solo así aprendemos.
P. Si un viajero que no sabe nada de permacultura pasa una mañana aquí, ¿qué le mostrarías primero?
Le llevaría al baño seco — para que vea qué bonito puede ser cuando tus excrementos se convierten en tierra fértil en vez de contaminar agua potable. ¡Y con buenas vistas, además!
P. ¿Qué tiene este lugar que no hayas encontrado en ningún otro sitio — y qué le falta todavía?
¡Aquí el bosque crece sin más! Es el lugar ideal en Europa para comer de tu propia huerta y participar en la creación de una economía local. Lo que falta es gente — personas con consciencia y con la alegría de poder vivir en el campo. Ayudaría que las autoridades lo valoraran y facilitaran la llegada de jóvenes, con posibilidades reales de trabajo y vivienda. Faltan personas de todos los oficios básicos, y familias con niños que vivan aquí de forma permanente. El turismo y la venta de casas a veraneantes suben los precios y bloquean cualquier desarrollo sostenible — esa es la parte que nadie quiere oír, pero es cierta.
P. En vuestra web mencionáis que la segunda generación se implica cada vez más. ¿Qué se transmite de una generación a otra?
El conocimiento se transmite por la práctica — a los niños y a los demás. El respeto por la naturaleza es algo innato en todos los niños; solo hay que cultivarlo. Las personas que pasan su infancia en contacto íntimo con la naturaleza lo incorporan como base de su personalidad, y sea cual sea su vida después, no lo pueden borrar. En nuestro caso, los jóvenes ven el futuro del lugar más como un sitio de curación y enseñanza que de producción agrícola. Es el siguiente paso, honrando lo que hemos creado aquí. Lo que se mantiene es el vínculo estrecho con la naturaleza y la confianza en que la tierra nos sostiene a todos.
El futuro de esta zona no está solo en el turismo y el vino — está en la gente que ha elegido vivir aquí para estar cerca de la naturaleza. Y cada vez somos más.
P. ¿Qué se avecina que deban saber nuestros lectores?
Tenemos un grupo de ayuda mutua, «as Toupas» — las topas —, que aprecio muchísimo. Nos ayudamos con las tareas prácticas que necesitan muchas manos, y ese trabajo crea relaciones profundas y duraderas. También hay un evento cultural nuevo, un micro abierto, donde todo el mundo puede participar — todos los sábados, en distintos sitios de la zona.
Preguntas Rápidas
Un lugar
Ecofinca Tanquián — mi propia casa.
Un plato
La mayoría de las plantas que crecen aquí son comestibles. Prueba lo que encuentres por el camino.
Una ruta
De Vilanova a Serode, pasando por Tanquián y Casandiño, hasta la cantina de Lina — ¡solo andando!
Una palabra
El paraíso en el fin del mundo.
Una idea equivocada
Que se puede ver en un fin de semana. Quédate un rato — piérdete en este lugar y deja que te enseñe algo.
Todas las fotos son cortesía de Emmely Fohring. Prohibida su reproducción sin autorización escrita.
