The Vendimia That Has to Fit in One Day

La vendimia que tiene que caber en un día

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Un día, seis tijeras romas y 1.200 kilos sobre el Ponte Mourulle: por dentro de la vendimia familiar que da el vino de casa de todo un año.

La instrucción duró lo que se tarda en leerla: repartirse por la fila, llenar el caldero, vaciarlo en el capacho de arriba. Éramos seis con tijeras, casi todas romas. Era el cinco de septiembre y a las nueve ya apretaba el calor, en dos parcelas a ambos lados de una carretera asfaltada sobre el Ponte Mourulle, en la margen de Taboada del Miño. Por debajo de los socalcos el embalse estaba bajo y verde. Entre una parcela y otra había piedra suelta y sarmientos que se enganchan en el tobillo.

En el conjunto del territorio la vendimia dura cerca de un mes, parcela a parcela, casa por casa. A cada casa le toca un día. Así está pensada, porque un día es lo que puedes pedirle a la gente. A mediodía, con seis personas cortando, estaba hecho el setenta u ochenta por ciento. Por la tarde lo remataron tres, y dejaron unas cepas donde la uva ya no merecía la caminata.

Lo que vale un día

Las dos parcelas dieron entre 1.100 y 1.200 kilos, que serán unos 600 litros, el equivalente de ochocientas botellas. Es el año de beber de los padres de Víctor, con algo que se regala. El año pasado se les acabó antes de tiempo y lo completó el hermano, que tiene viñas propias unas parroquias hacia el interior.

La cuadrilla era Víctor con las cajas y el remolque, su padre Claudio, su tío Freddi, un empleado, nosotros dos y un jornalero contratado para la mañana. El precio aquí ronda los diez euros la hora, así que su mañana fueron cuarenta. Era el único de la ladera que cobraba algo.

Tinto y blanco fueron al mismo capacho, a la misma caja y a la misma cuba, y nadie midió la proporción, porque ya viene dada de la viña. Estas parcelas son mencía en un ochenta o noventa por ciento, y lo son desde que se plantaron. Los padres beben tinto. El blanco a este nivel son cuatro filas en las que nadie piensa demasiado.

Lo que circula, cuando a una casa le falta, es mencía. Un año seco, una fila podrida, una parcela que se deja: el hueco se completa entre vecinos y lo que se pide es tinto. Nosotros tenemos una parra de uva blanca, que nadie plantó con intención, y le ofrecimos la uva a un vecino que hace vino. Ya tenía blanco, así que la nuestra se pudrirá donde está. Lo incómodo del asunto es que en esta ladera el blanco sale más limpio, y la mencía que cortamos había dado más trabajo todo el verano. Aun así, el tinto es lo que todos quieren.

Cuarenta y cinco días

El día es la parte del año que se ve. Detrás, Víctor poda a partir de enero, más tarde que los vecinos que empiezan a mediados de diciembre, con el razonamiento de que una viña fuerte podada pronto vuelve con demasiada rama. No le gusta la costumbre de despuntar en mayo y junio, y cuenta que cuando lo probaron las cepas lo sufrieron.

Desde finales de mayo, cuando cuaja el racimo, sulfata cada veinte días hasta finales de julio. Son cinco o seis pasadas en una campaña, y dice que hacerlo en menos aquí no es realista. Compra producto ecológico y admite sin rodeos que no sabe leer la composición; la mayoría de los viñedos de alrededor usa sistémicos, que entran en la planta y trabajan desde dentro. Después aplica una regla que se inventó él, por analogía con el plazo de espera de un animal tratado: cuarenta y cinco días entre la última pasada y el primer corte.

Ahí es donde 2026 le apretó. Terminó de sulfatar a finales de julio. El calor adelantó la vendimia al cinco de septiembre. Su cuarentena aguantó, con muy poco margen.

En la cuba

Por el otro extremo apretó igual. La uva estrujada tarda normalmente dos o tres días en arrancar a fermentar; este año arrancó el mismo día, con el mosto tan caliente que Víctor prefirió no mandar la muestra a analizar. Nueve o diez días después seguía trabajando, en la aguja, como lo llama él, la fase en la que sabe a proceso y todavía no a bebida.

Es también el primer año que van a trasegar. Su padre nunca quiso, y el consejo de los mayores era hacerlo en un día claro y frío, con la presión baja. Víctor va a trasegar igual, a un depósito isotermo mejor, porque la bodega no está pensada para un septiembre así. No se filtra nada. El vino se posa por su propio peso y el grifo de abajo se abre un poco alto para no arrastrar los sólidos. El bagazo sale a los pocos días a destilar, unos treinta litros de aguardiente de esos mismos 1.200 kilos.

Cuatro o cinco días después del trasiego se saca la primera jarra. No hay ceremonia: la pruebas para saber qué tienes. Las fiestas de Friamonde caen el último fin de semana de septiembre, y la medida de una casa era cuáles llegaban con el vino hecho. Este año, dice Víctor, llega todo el mundo.

Él no lo va a beber. No bebe.


Claudio y el capacho; bajando la fila; tinto y blanco, sin contar; descanso en el borde — fotos de P. Vanossi.